martes, 9 de julio de 2013

Anatomía de unha disculpa necesaria



ANATOMIA DE UNA DISCULPA NECESARIA

José Luis Alvarez R. (*)
Mayo 2013
La Presidenta Chinchilla en su afán por limpiar su  debilitada imagen y movida por la contundencia de los hechos que pusieron en riesgo su seguridad, no solamente acabó con sus más fieles seguidores, sino que también se expone una vez más al repudio y a la sanción creciente del pueblo que la escogió como gobernante. Como resultado de ello, hoy más que nunca está sola y el pueblo se siente burlado.
Sectores de la oposición e incluso de su mismo partido, continúan exigiendo y reclamándole aún después de tomadas las medidas. Para muchos no es suficiente la salida del Ministro de Comunicaciones, del Comisionado antidrogas y de su asistente personal. Más aún, por primera vez algunas  voces convergen en una petición de destitución de la Presidenta y pareciera dibujarse un escenario político marcado por una creciente demanda de explicaciones. Las dudas y vacíos que se ciernen sobre lo acaecido, sobrepasan en mucho las medidas y explicaciones dadas.
En lo técnico, así como en el ámbito político y social es posible derivar un sinnúmero de lecciones aprendidas, pero subsiste una lección en el plano ético poco explorada: esta es, la pérdida absoluta de una cultura de la vergüenza, cuyo protagonista principal ha sido la clase política costarricense.  
A falta de una cultura de la vergüenza, de un tiempo para acá nuestros gobernantes y gran variedad de políticos se han vuelto incapaces de pedir disculpas. Una vez llegados a puestos de autoridad, olvidaron que el poder les fue conferido por el soberano –el pueblo- y que éste tiene la potestad de quitárselos. Una cultura de la vergüenza provoca un sentido de responsabilidad frente a su propia nación  y su propia sociedad. Esa vergüenza por nuestras actuaciones (trasmitida por nuestros abuelos y abuelas) contribuyó en el pasado a forjar una identidad costarricense de la que ya casi no queda nada.  Cuando se carece de este sentido, nos tornamos permisivos, las normas se vuelven relativas y resulta muy fácil  endilgar siempre a otros la culpa. Peor aún, en nombre de un conjunto de valores, a menudo el ropaje del poder tiene la capacidad de pintar el paraíso más feliz  allí donde el dolor, la exclusión social y la torpeza constituyen el pan de cada día.

Las diversas explicaciones dadas por la Presidenta a los yerros del Gobierno que ella dirige,  ante escándalos públicos como “la platina”, “la trocha”, “el caso OAS”  y más recientemente el caso del uso del avión vinculado a una empresa cuestionada por lavado de capitales, dejan el sinsabor de la burla ante el pueblo. Y es que, las medidas técnicas tomadas –aunque tardías y reiterativas en ingenuidad y torpeza- no logran convencer. La vergüenza –desde el plano ético- significa buena conciencia. En una cultura de la vergüenza, las normas se transforman en obligatorias y absolutas para todos, de ahí que reconocer los errores y pedir disculpas constituye un ingrediente unificador de la sociedad. Pero ello exige una profunda dosis de humildad.
Si la vergüenza es el comienzo de la virtud, aceptar la propia responsabilidad tanto por las palabras como por las decisiones y hechos,  es asunto de nobleza.
El pueblo de Costa Rica quería escuchar de su Presidenta la frase “me equivoqué”. En otras latitudes muchos gobernantes y jefes lo han hecho en contextos que les son propios. En Costa Rica en cambio, el país que se vende internacionalmente con la imagen de la felicidad, los equivocados son otros, aún cuando estos sean los servidores de confianza designados por la Presidenta.
El pueblo costarricense – el soberano-  es noble y generoso; habría sabido valorar un acto tan honesto como pedir una disculpa sincera. Sin este ingrediente, sin una disculpa que contribuya a reivindicar la cultura de la vergüenza, la deuda de la señora Chinchilla se acrecienta. Aún cuando termine su mandato en una mera función administrativa, inaugurando puentes y caminos, su gestión acabará siendo una anécdota caracterizada por muchas actividades y escasos resultados.

(*) sociólogo

El amargo sabor de la verdad



EL AMARGO SABOR DE LA VERDAD
Por:  José Luis Alvarez R.
Sociólogo

Se efectuó hace algún tiempo un encuentro internacional en  torno al Monitoreo y Evaluación de Políticas Públicas Inclusivas,  convocado por el Ministerio de Planificación Nacional y  con el apoyo de organismos cooperantes como el BID, Banco Mundial y AECID. A pesar de la especificidad del tema y de que éste involucra a una multiplicidad de actores, la evaluación de las políticas públicas constituye sin duda un desafío de gran envergadura para el país y el Estado costarricense.
Los ticos, acostumbrados a soñar y a dormir en los laureles de un sinfín de estereotipos que juntos amalgamaron  una identidad absolutamente llena de farsas y prepotencia, carecemos de una cultura de evaluación. Más aún, el sólo concepto de evaluación suele ser entendido como amenaza: quien osare criticar nuestra Suiza centroamericana, el país más feliz del mundo y cuanto plus se nos ocurra adjudicarnos –dada también nuestra pequeñez y mezquindad- es, por definición el malo de la película, el enemigo. Nosotros, los ticos y las ticas somos buenos, puros e inmaculados, tanto que hasta la virgencita de Los Angeles bajó para quedarse y desde su trono, pareciera ser cómplice silenciosa de nuestros delirios de grandeza. Rechazamos ad portas, toda forma de evaluación y no aceptamos que nuestros procesos institucionales son mejorables y que podemos generar conocimiento de los errores cometidos.
Pero, los viejos modelos mentales caen lentamente a fuerza de su inutilidad e incapacidad de explicar las paradojas de esta tierra bendita. Sin lugar a duda, el hecho de que después de veinte años de políticas públicas no hayamos podido disminuir el porcentaje de pobreza, eso significa simplemente que tales políticas no funcionaron, que no fueron diseñadas rigurosamente y mucho peor todavía, que estamos aún muy lejos de contar con un aparato institucional de planificación con capacidad de tomar el pulso de las acciones de nuestros gobiernos y de pronunciar –aún con el amargo sabor de la verdad- lo que anda bien y lo que anda mal.
Urge el establecimiento de prácticas de monitoreo y evaluación en forma sistemática. Por el bien de la democracia, nuestras instituciones públicas deben dar el paso de una vez por todas hacia una cultura de transparencia y sin temor a la crítica y al choteo, es indispensable acabar con los feudos que cada una de ellas representa. Es necesario que el Ministerio de Planificación se desempolve y asuma el lugar que le corresponde. Ha dado pasos significativos en esa línea y ahora tiene ante sí, la responsabilidad de formar capacidades a lo interno del sector público para asegurar una gestión y ojalá un presupuesto, basados en resultados y no en el mero desempeño de actividades. Tres mil policías no aseguran en sí mismos, el mejoramiento de la seguridad ciudadana, como tampoco  cien mil becas a estudiantes, aseguran el aprendizaje y el entendimiento. Se imponen nuevos marcos conceptuales, nuevos sistemas de indicadores arraigados en una auténtica participación social, especialmente de los sectores excluidos de los beneficios del desarrollo de una u otra forma. Se impone, en fin, una cultura orientada a los resultados, con sistemas de monitoreo y evaluación que prometan una democracia cada vez más incluyente.