ANATOMIA DE UNA DISCULPA NECESARIA
José Luis Alvarez R.
(*)
Mayo 2013
La Presidenta
Chinchilla en su afán por limpiar su
debilitada imagen y movida por la contundencia de los hechos que
pusieron en riesgo su seguridad, no solamente acabó con sus más fieles
seguidores, sino que también se expone una vez más al repudio y a la sanción
creciente del pueblo que la escogió como gobernante. Como resultado de ello,
hoy más que nunca está sola y el pueblo se siente burlado.
Sectores de la
oposición e incluso de su mismo partido, continúan exigiendo y reclamándole aún
después de tomadas las medidas. Para muchos no es suficiente la salida del
Ministro de Comunicaciones, del Comisionado antidrogas y de su asistente
personal. Más aún, por primera vez algunas
voces convergen en una petición de destitución de la Presidenta y pareciera
dibujarse un escenario político marcado por una creciente demanda de
explicaciones. Las dudas y vacíos que se ciernen sobre lo acaecido, sobrepasan
en mucho las medidas y explicaciones dadas.
En lo técnico,
así como en el ámbito político y social es posible derivar un sinnúmero de
lecciones aprendidas, pero subsiste una lección en el plano ético poco
explorada: esta es, la pérdida absoluta de una cultura de la vergüenza, cuyo
protagonista principal ha sido la clase política costarricense.
A falta de una
cultura de la vergüenza, de un tiempo para acá nuestros gobernantes y gran
variedad de políticos se han vuelto incapaces de pedir disculpas. Una vez
llegados a puestos de autoridad, olvidaron que el poder les fue conferido por
el soberano –el pueblo- y que éste tiene la potestad de quitárselos. Una
cultura de la vergüenza provoca un sentido de responsabilidad frente a su
propia nación y su propia sociedad. Esa
vergüenza por nuestras actuaciones (trasmitida por nuestros abuelos y abuelas)
contribuyó en el pasado a forjar una identidad costarricense de la que ya casi
no queda nada. Cuando se carece de este
sentido, nos tornamos permisivos, las normas se vuelven relativas y resulta muy
fácil endilgar siempre a otros la culpa.
Peor aún, en nombre de un conjunto de valores, a menudo el ropaje del poder
tiene la capacidad de pintar el paraíso más feliz allí donde el dolor, la exclusión social y la
torpeza constituyen el pan de cada día.
Las diversas
explicaciones dadas por la Presidenta a los yerros del Gobierno que ella dirige,
ante escándalos públicos como “la
platina”, “la trocha”, “el caso OAS” y
más recientemente el caso del uso del avión vinculado a una empresa cuestionada
por lavado de capitales, dejan el sinsabor de la burla ante el pueblo. Y es
que, las medidas técnicas tomadas –aunque tardías y reiterativas en ingenuidad
y torpeza- no logran convencer. La vergüenza –desde el plano ético- significa
buena conciencia. En una cultura de la vergüenza, las normas se transforman en
obligatorias y absolutas para todos, de ahí que reconocer los errores y pedir
disculpas constituye un ingrediente unificador de la sociedad. Pero ello exige
una profunda dosis de humildad.
Si la vergüenza
es el comienzo de la virtud, aceptar la propia responsabilidad tanto por las
palabras como por las decisiones y hechos, es asunto de nobleza.
El pueblo de
Costa Rica quería escuchar de su Presidenta la frase “me equivoqué”. En otras
latitudes muchos gobernantes y jefes lo han hecho en contextos que les son
propios. En Costa Rica en cambio, el país que se vende internacionalmente con
la imagen de la felicidad, los equivocados son otros, aún cuando estos sean los
servidores de confianza designados por la Presidenta.
El pueblo
costarricense – el soberano- es noble y
generoso; habría sabido valorar un acto tan honesto como pedir una disculpa
sincera. Sin este ingrediente, sin una disculpa que contribuya a reivindicar la
cultura de la vergüenza, la deuda de la señora Chinchilla se acrecienta. Aún
cuando termine su mandato en una mera función administrativa, inaugurando
puentes y caminos, su gestión acabará siendo una anécdota caracterizada por
muchas actividades y escasos resultados.
(*) sociólogo