martes, 9 de julio de 2013

El amargo sabor de la verdad



EL AMARGO SABOR DE LA VERDAD
Por:  José Luis Alvarez R.
Sociólogo

Se efectuó hace algún tiempo un encuentro internacional en  torno al Monitoreo y Evaluación de Políticas Públicas Inclusivas,  convocado por el Ministerio de Planificación Nacional y  con el apoyo de organismos cooperantes como el BID, Banco Mundial y AECID. A pesar de la especificidad del tema y de que éste involucra a una multiplicidad de actores, la evaluación de las políticas públicas constituye sin duda un desafío de gran envergadura para el país y el Estado costarricense.
Los ticos, acostumbrados a soñar y a dormir en los laureles de un sinfín de estereotipos que juntos amalgamaron  una identidad absolutamente llena de farsas y prepotencia, carecemos de una cultura de evaluación. Más aún, el sólo concepto de evaluación suele ser entendido como amenaza: quien osare criticar nuestra Suiza centroamericana, el país más feliz del mundo y cuanto plus se nos ocurra adjudicarnos –dada también nuestra pequeñez y mezquindad- es, por definición el malo de la película, el enemigo. Nosotros, los ticos y las ticas somos buenos, puros e inmaculados, tanto que hasta la virgencita de Los Angeles bajó para quedarse y desde su trono, pareciera ser cómplice silenciosa de nuestros delirios de grandeza. Rechazamos ad portas, toda forma de evaluación y no aceptamos que nuestros procesos institucionales son mejorables y que podemos generar conocimiento de los errores cometidos.
Pero, los viejos modelos mentales caen lentamente a fuerza de su inutilidad e incapacidad de explicar las paradojas de esta tierra bendita. Sin lugar a duda, el hecho de que después de veinte años de políticas públicas no hayamos podido disminuir el porcentaje de pobreza, eso significa simplemente que tales políticas no funcionaron, que no fueron diseñadas rigurosamente y mucho peor todavía, que estamos aún muy lejos de contar con un aparato institucional de planificación con capacidad de tomar el pulso de las acciones de nuestros gobiernos y de pronunciar –aún con el amargo sabor de la verdad- lo que anda bien y lo que anda mal.
Urge el establecimiento de prácticas de monitoreo y evaluación en forma sistemática. Por el bien de la democracia, nuestras instituciones públicas deben dar el paso de una vez por todas hacia una cultura de transparencia y sin temor a la crítica y al choteo, es indispensable acabar con los feudos que cada una de ellas representa. Es necesario que el Ministerio de Planificación se desempolve y asuma el lugar que le corresponde. Ha dado pasos significativos en esa línea y ahora tiene ante sí, la responsabilidad de formar capacidades a lo interno del sector público para asegurar una gestión y ojalá un presupuesto, basados en resultados y no en el mero desempeño de actividades. Tres mil policías no aseguran en sí mismos, el mejoramiento de la seguridad ciudadana, como tampoco  cien mil becas a estudiantes, aseguran el aprendizaje y el entendimiento. Se imponen nuevos marcos conceptuales, nuevos sistemas de indicadores arraigados en una auténtica participación social, especialmente de los sectores excluidos de los beneficios del desarrollo de una u otra forma. Se impone, en fin, una cultura orientada a los resultados, con sistemas de monitoreo y evaluación que prometan una democracia cada vez más incluyente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario