EL AMARGO SABOR DE LA VERDAD
Por:
José Luis Alvarez R.
Sociólogo
Se efectuó hace algún tiempo un
encuentro internacional en torno al
Monitoreo y Evaluación de Políticas Públicas Inclusivas, convocado por el Ministerio de Planificación
Nacional y con el apoyo de organismos
cooperantes como el BID, Banco Mundial y AECID. A pesar de la especificidad del
tema y de que éste involucra a una multiplicidad de actores, la evaluación de
las políticas públicas constituye sin duda un desafío de gran envergadura para
el país y el Estado costarricense.
Los ticos, acostumbrados a soñar
y a dormir en los laureles de un sinfín de estereotipos que juntos
amalgamaron una identidad absolutamente
llena de farsas y prepotencia, carecemos de una cultura de evaluación. Más aún,
el sólo concepto de evaluación suele ser entendido como amenaza: quien osare
criticar nuestra Suiza centroamericana, el país más feliz del mundo y cuanto
plus se nos ocurra adjudicarnos –dada también nuestra pequeñez y mezquindad-
es, por definición el malo de la película, el enemigo. Nosotros, los ticos y
las ticas somos buenos, puros e inmaculados, tanto que hasta la virgencita de
Los Angeles bajó para quedarse y desde su trono, pareciera ser cómplice
silenciosa de nuestros delirios de grandeza. Rechazamos ad portas, toda forma
de evaluación y no aceptamos que nuestros procesos institucionales son
mejorables y que podemos generar conocimiento de los errores cometidos.
Pero, los viejos modelos mentales
caen lentamente a fuerza de su inutilidad e incapacidad de explicar las
paradojas de esta tierra bendita. Sin lugar a duda, el hecho de que después de
veinte años de políticas públicas no hayamos podido disminuir el porcentaje de
pobreza, eso significa simplemente que tales políticas no funcionaron, que no
fueron diseñadas rigurosamente y mucho peor todavía, que estamos aún muy lejos
de contar con un aparato institucional de planificación con capacidad de tomar
el pulso de las acciones de nuestros gobiernos y de pronunciar –aún con el
amargo sabor de la verdad- lo que anda bien y lo que anda mal.
Urge el establecimiento de
prácticas de monitoreo y evaluación en forma sistemática. Por el bien de la
democracia, nuestras instituciones públicas deben dar el paso de una vez por
todas hacia una cultura de transparencia y sin temor a la crítica y al choteo,
es indispensable acabar con los feudos que cada una de ellas representa. Es
necesario que el Ministerio de Planificación se desempolve y asuma el lugar que
le corresponde. Ha dado pasos significativos en esa línea y ahora tiene ante
sí, la responsabilidad de formar capacidades a lo interno del sector público
para asegurar una gestión y ojalá un presupuesto, basados en resultados y no en
el mero desempeño de actividades. Tres mil policías no aseguran en sí mismos,
el mejoramiento de la seguridad ciudadana, como tampoco cien mil becas a estudiantes, aseguran el
aprendizaje y el entendimiento. Se imponen nuevos marcos conceptuales, nuevos
sistemas de indicadores arraigados en una auténtica participación social,
especialmente de los sectores excluidos de los beneficios del desarrollo de una
u otra forma. Se impone, en fin, una cultura orientada a los resultados, con
sistemas de monitoreo y evaluación que prometan una democracia cada vez más
incluyente.
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